Incidencia de la actividad física en la prevención de la Enfermedad de Alzheimer

INTRODUCCIÓN SOBRE EL ALZHEIMER.

La (Organización Mundial de la Salud [OMS], 2013) define el alzhéimer como una enfermedad neurodegenerativa de etiología desconocida caracterizada por un deterioro progresivo de la memoria y la función cognitiva (Niu, Álvarez, Guillén y Aguinaga, 2017). El trastorno se inicia por lo general de manera insidiosa y lenta, evolucionando progresivamente durante un periodo de años (Nascimento, Varela, Ayan y Cancela 2016). Los pacientes con dicha enfermedad suelen llegar a ser dependientes de otra persona (Reitz y Mayeux, 2014).

La estimación de personas con algún tipo de demencia en todo el mundo es de 30 millones y se espera que esta cifra se eleve hasta los 80 en 2040 (Nascimento et al., 2016). La demencia más frecuente es el mal de Alzheimer, que representa el 70% total de todas ellas. Otras menos frecuentes son la demencia vascular, la de cuerpos de Levy o la frontotemporal (Garcés, 2016). Dentro de las enfermedades neurodegenerativas, la EA ocupa el primer escalón mundial, quintuplicando en casos al Parkinson, que es el segundo trastorno neurodegenerativa más común. (Garcés, 2016).

En el año 2006, el número de pacientes con la EA era de 26,6 millones en todo el mundo y las predicciones apuntan que en 2050 el número de enfermos llegará a 106,8 millones, de los cuales 16,51 millones serán europeos (Niu et al., 2017). Reitz y Mayeux (2014) lo estiman en cifras semejantes, considerando en 24 millones el número de enfermos y cuadruplicando esta cantidad en el año 2050.
Si nos adentramos en el tipo de población diana, en un estudio del 2014 se estima que la incidencia de la EA aumenta con la edad, duplicando los casos cada 5 años a partir de los 65 y situándose el rango de prevalencia entre los 70 y 80 años (Reitz y Mayeux, 2014), con un mayor predominio en mujeres (Gao, Hendrie, Hall y Hui, 1998; PubMed Health, 2017; Savica y Petersen, 2011). El número de casos en este sexo casi duplica al de los hombres (Garcés, 2016).

En nuestro país la EA es la séptima causa de muerte (Instituto Nacional de Estadística [INE], 2016). Datos de la Fundación de Alzheimer de España cifra en 700.000, el número de personas que padecen dicha enfermedad y cada año ese número puede verse incrementado en 100.000 pacientes (Nascimento et al., 2016). La evolución de la población en mayores de 65 años afectada por EA en España desde el 2003 al 2013 ha crecido un 0,57%, incrementando cerca de 900.0000, el número de nuevos enfermos (Garcés, 2016).

Somos uno de los países del mundo con mayor ritmo de envejecimiento de su población. Al ser la edad el factor principal de desarrollo de las enfermedades neurodegenerativas, esto nos convierte en un país especialmente vulnerable para sufrir un rápido crecimiento en el número de afectados (Garcés, 2016).
Zavaloni y Reekum (2006) mencionan que la estrategia más efectiva para combatir el alzhéimer podría ser prevenirlo. Como no hay tratamiento efectivo disponible, actuaciones para minimizar el riesgo de pacientes con alzhéimer son necesarias (Hickman, Faustin y Wisniewski, 2016; Rolland, Abellan van Kan y Vellas, 2010), por lo que basar la cura en la prevención podría ser la clave del tratamiento (Coley et al., 2008), intentando recurrir lo menos posible a la toma de medicamentos (Fina, Willis, Haskell y Berry, 2013).

Actualmente no hay tratamiento efectivo disponible para la enfermedad de Alzheimer (EA) y el conocimiento sobre la etiopatogenia es escaso. Se trata de un trastorno multifactorial donde la prevención podría ser la mejor forma de tratamiento. El número de pacientes está aumentando vertiginosamente, pudiendo alcanzar los 115 millones en 2050. El objetivo de esta publicación reside en realizar una revisión sistemática y actualizada para conocer la incidencia que tiene la actividad física (AF) en los factores de riesgo (FR) de la EA.

FACTORES DE RIESGO DEL ALZHEIMER.

Aunque muchos factores de riesgo de la EA son genéticos y pueden estar fuera de nuestro alcance, otros son determinados por el estilo de vida y resultan altamente modificables. (Coley et al., 2008; Gillette-Guyonnet et al., 2008; Schipper, 2009; Zavaloni and Reekum, 2006). Mendiola, Berumen, Padilla y García (2016) junto a otros autores (Gillette-Guyonnet et al., 2008; Henderson, 2014; Hickman et al., 2016; Khadije et al., 2017; Schultz et al., 2015) insisten en la necesidad de determinar cuáles son los FR de la enfermedad, para así en un futuro, minimizar el porcentaje de pacientes con alzhéimer.

Los factores de riesgo modificables y no modificables son importantes porque proporcionan una idea de la predisposición del proceso de la enfermedad antes del inicio y también aportan información sobre las personas que podrían tener mayor prevalencia. (Faustin y Wisniewski, 2016, Hickman et al., 2016; Patterson et al., 2008). Como FR no modificables se presentan la edad, que es el FR más significativo (Daviglus et al., 2011; Grünblatt et al., 2009; Hickman et al., 2016; Patterson et al., 2008; Savica y Petersen, 2011), y el sexo, teniendo un mayor predominio en mujeres (Gao, Hendrie, Hall y Hui, 1998; PubMed Health, 2017; Savica y Petersen, 2011). Según el INE (2016) la enfermedad de Alzheimer es la quinta causa de muerte en este sexo en España.

Otros componentes determinantes de la EA incluyen factores de riesgo genéticos y factores de riesgo no genéticos (Coley et al., 2008; Hickman et al., 2016; Mendiola et al., 2016; Patterson et al., 2008; Reitz y Mayeux, 2014; Zavaloni y Reekum, 2006). Sin embargo, Daviglus et al. (2011) o Fina et al. (2013) defienden que existe insuficiente evidencia para asociar cualquier factor modificable con el riesgo del alzhéimer.

La EA es multifactorial, numerosos estudios sugieren que varias causas intervienen en ella (Gillette-Guyonnet et al., 2008; Henderson, 2014; Hickman et al., 2016), aunque un estilo de vida saludable en general puede ser recomendado a todos los pacientes, la cuestión es ver si hay evidencia científica que pueda demostrar recomendaciones específicas (Fina et al., 2013; Patterson et al., 2008).

De la Torre (2012) menciona los cuatro pilares básicos para un posible plan de prevención, incidiendo en que este debería empezar al menos en media edad, aunque lo ideal sería antes:

  • Pronta identificación de los FR de la EA.
  • Pronta detención de los FR.
  • Pronta intervención de los FR basados en evidencia científica.
  • Seguimiento de pacientes para evaluar y modificar según sea necesario, intervención estratégica.

A continuación, se exponen cuales son estos FR principales y se describen los resultados de las publicaciones encontradas según la metodología empleada, para así, conocer la evidencia científica que hay sobre la incidencia de la AF en la disminución del riesgo de padecer la EA.

FACTORES DE RIESGO GENÉTICOS.

La Apolipoproteína se encuentra principalmente en el sistema nervioso central (SNC). Hay tres alelos comunes en el humano, APOEa2, APOEa3, APOEa4. Transportar el colesterol es su primera función pero también regula el metabolismo de la proteína beta amiloidea (βA) (Khadije, Alireza, Behrouz, Seyet y Saeed, 2017).  La Apolipoproteína E alelo 4 (APOEa4) es considerado el FR genético más importante, por ser el precursor y acelerador de la acumulación de la ßA en el cerebro (Ridge, Ebbert y Kauwe, 2013; Schuit et al., 2001). Cierto nivel de ßA es normal, pero su exceso llevaría a la EA (Levey et al., 2006). El problema de la formación de depósitos de ßA es que ocasiona una pérdida de neuronas, una reducción de esta acumulación podría prevenir la neurodegeneración, especialmente en personas con riesgo de padecer la EA (Phillips, Akif Baktir, Das, Lin, y Salehi, 2015).

El primero que identificó la APOEa4 como el principal factor de riesgo genético fué Corder et al. (1993) y son varios autores los que coinciden con esta afirmación (Daviglus et al., 2011; Grünblatt et al., 2009; Hickman et al., 2016; Khadije et al., 2017; Reitz y Mayeux, 2014; Schipper, 2009; Schuit et al., 2001; Zavaloni y Reekum, 2006). Además de estar involucrado en la formación de depósitos de ßA, el APOEa4 también colabora en el transporte del colesterol (Khadije et al., 2017). Los portadores de este alelo tienen entre tres y cuatro veces más probabilidades de desarrollar la EA (Honjo, Black y Verhoeff, 2012).
A parte de la acumulación de la ßA, Mendiola et al. (2016) relacionan la proteína tau, agregada en los ovillos neurofibrilares, como otro factor de riesgo del alzhéimer. Esta proteína es necesaria para el funcionamiento de los microtúbulos neuronales y su fosforilación anormal lleva a la formación de estos ovillos neurofibrilares, que son los que están relacionados con la disfunción de las neuronas que lleva a la EA (Donoso y Delgado, 2008; Phillips et al., 2015).

La neurodegeneración es una característica de la enfermedad de Alzheimer. Los ovillos neurofibrilares aparecen primero en la corteza entorrinal y más tarde en el hipocampo, para terminar extendiéndose hacia el resto del cerebro (Delacourte et al., 1999). Dado que un aumento de cuatro a ocho veces en la fosforilación de tau ha sido relacionado con la EA (Donoso y Delgado, 2008; Khatoon, Grundke-Iqbal y Iqbal, 1992; Phillips et al., 2015), y que esta disfunción interrumpe el proceso de transporte neuronal intracelular, se sostiene que la proteína tau juega un papel importante en la neurodegeneración de dicha enfermedad (Donoso y Delgado, 2008; Khatoon et a., 1992; Mendiola et al., 2016; Phillips et al., 2015).

El factor neurotrófico derivado del cerebro (FNDC) es una proteína que en los humanos está codificada por el gen FNDC. Un reciente estudio sugiere que una disminución en los niveles de este podría estar asociada con la EA (MacPershon, 2017), aunque en este mismo artículo termina concluyendo en la importancia evaluar hasta qué punto el BDNF en realidad interviene en los efectos del ejercicio en la producción de ßA y son pocos estudios, según la metodología seguida, los que hablan sobre ello.

FACTORES DE RIESGO AMBIENTALES / CARDIOVASCULARES.

Según la búsqueda realizada, son varios los FR relacionados con los estilos de vida y trastornos cardiovasculares que influyen en el alzhéimer. Como toda enfermedad crónica, esta es multifactorial, numerosos estudios sugieren que varias causas intervienen en ella (Daviglus et al., 2011; Gillette-Guyonnet et al., 2008; Henderson, 2014; Hickman et al., 2016; Reitz y Mayeux, 2014; Schipper, 2009).

Aspectos como la dieta (Coley et al., 2008; Daviglus et al., 2011; Reitz y Mayeux, 2014; Schipper, 2009; Zavaloni y Reekum, 2006), el peso corporal y nivel de colesterol (MacPershon, 2017; Reitz y Mayeux, 2014; Zavaloni y Reekum, 2006), la diabetes tipo II (Daviglus et al., 2011; Henderson, 2014; Hickman et al., 2016 ; MacPershon, 2017; Patterson et al., 2008; Reitz y Mayeux, 2014; Schipper, 2009), el nivel de actividad física (Daviglus et al., 2011; Khadije et al., 2017; Reitz y Mayeux, 2014; Schipper, 2009; Zavaloni y Reekum, 2006), tener hipertensión (Daviglus et al., 2011; Henderson, 2014; Hickman et al., 2016; Patterson et al., 2008; Reitz y Mayeux, 2014; Zavaloni y Reekum, 2006), la actividad cognitiva (Daviglus et al., 2011; Reitz y Mayeux, 2014), padecer enfermedad cerebrovascular (Reitz y Mayeux, 2014), el consumo de alcohol (Daviglus et al., 2011; Schipper, 2009) o tabaco (Daviglus et al., 2011; Henderson, 2014; Reitz y Mayeux, 2014) son los principales FR de la EA.

Algunos de estos factores son hábitos modificables y otros se pueden paliar con la AF, resaltando aún más la importancia de esta sobre la prevención del alzhéimer (Coley et al., 2008; Hickman et al., 2016; Mendiola et al., 2016; Patterson et al., 2008; Reitz y Mayeux, 2014; Zavaloni y Reekum, 2006). Sin embargo, como se ha mencionado anteriormente, hay autores como Fina et al, (2013) o Daviglus et al. (2008) que defienden una insuficiente evidencia para asociar cualquier factor modificable con el riesgo de la EA.

Siguiendo el plan de prevención de De la Torre (2012), una vez identificados los FR de la enfermedad de Alzheimer, se debe incidir en su detención con una pronta intervención basada en evidencia científica.
Tratando con el tema principal de este trabajo, en los siguientes apartados se analizará con detalle la evidencia analizada sobre la incidencia de la AF en la prevención de la EA.

INCIDENCIA DE LA AF EN LA PREVENCIÓN DEL ALZHEIMER.

Después de haber identificado en las anteriores secciones los factores de riesgo de la EA. Habría que seguir la intervención para una buena prevención, con una pronta detección e intervención de estos FR, basados siempre en evidencia científica (De la Torre, 2012).

Donoso y Delgado (2008) pone en duda la eficacia del uso de medicamentos en la prevención del alzhéimer y afirma que “los medicamentos que actualmente se usan para tratar la EA (donepezilo, rivastigmina, galantamina, memantina, cerebrolisina) tienen una eficacia limitada y no deben ser indicados en forma automática” (p 293). Es por ello, por lo que se debe plantear otras medidas no farmacológicas de prevención, entre ellas el papel de la AF.

Son varios autores los que coinciden en que la de AF cumple un rol importante en la prevención de la EA (Daviglus et al., 2011; Denise et al., 2012; Khadije et al., 2017; MacPershon, 2017; Reitz y Mayeux, 2014; Schipper, 2009; Schultz et al., 2015) y aunque un estilo de vida saludable en general puede ser recomendado a todos los pacientes, la cuestión es ver si hay investigaciones que puedan demostrar recomendaciones específicas (Patterson et al., 2008).

La actividad física regular es un componente clave a la hora de tener un envejecimiento rico en salud (Rolland et al., 2010). Buchman et al. (2005) también sugiere que la AF tiene un papel importante en la prevención, ya que asocia la pérdida de índice de masa corporal (IMC), la cual puede modificarse con la AF, con una disminución en la probabilidad de padecer la enfermedad de Alzheimer. Tres años más tarde, el mismo autor relaciona la debilidad física en edad adulta con la probabilidad de padecer alzhéimer (Buchman et al., 2008). Al igual que un estudio llevado a cabo con 1324 sujetos, el cual mostró que cualquier tipo de ejercicio a intensidad moderada se asocia a una reducción de padecer deterioro cognitivo leve (Geda et al., 2010).

Toda la evidencia sobre la prevención del alzhéimer a través de la actividad física es derivada de revisiones sistemáticas, estudios control y de cohorte/longitudinales (Rolland et al., 2010). A continuación se analiza la incidencia que tiene la AF en los factores de riesgo de la enfermedad de Alzheimer y describen pautas específicas de ejercicio que favorezcan la disminución del riesgo de padecer dicho trastorno.

INCIDENCIA SOBRE LA APOEa4 Y LA ACUMULACIÓN DE ßA.

Como se ha visto anteriormente, la APOEa4 es considerada el factor de riesgo genético más importante, por ser el precursor y acelerador de la acumulación de la proteína beta amiloidea (ßA) en el cerebro (Ridge et al., 2013). Esto lleva a realizar la siguiente cuestión. ¿Cómo influye la AF en la disminución de esta acumulación de ßA?

Okonkwo et al. (2014) muestra que la gente activa (30min de ejercicio moderado 5 días a la semana) tiene menos alteraciones en los depósitos de ßA, comparado con los inactivos. Schuit, Feskens, Launer y Kromhout. (2001) también relacionan el nivel de actividad física con los depósitos de ßA, comprobando en su estudio que el deterioro cognitivo es mayor en aquellos sujetos que realizaban menos de una hora de actividad física diaria.

Una publicación de Liang et al. (2010) también sugiere un vínculo relativamente robusto entre el ejercicio y su relación con los biomarcadores (tau y ßA), especialmente con los niveles de ßA. Aunque en ese estudio la metodología empleada no permite demostrar con certeza que exista causalidad entre la AF y la disminución de ßA, son varios autores los que si corroboran la teoría del efecto positivo de la AF sobre la acumulación de ßA (Okonkwo et al., 2014; Schuit et al., 2001; Schultz et al. 2015; Smith et al., 2011).

Un estudio que se llevó a cabo con personas entre 65 a 85 años también demuestra esta disminución de ßA. La frecuencia e intensidad de la actividad física fué medida usando la Stanford Brief Activity Survey (SBAS) y se vió que los sujetos más activos y que además poseían el APOEa4 presentaban un menor riesgo de padecer la EA (Smith et al., 2011).

La relación entre un mayor efecto de la AF en las personas portadoras del APOEa4 respecto a los que no lo poseen parece ser el foco de atención de varios autores. Diversos estudios muestran este vínculo, donde los sujetos que son más activos y que además tienen dicho gen, mostraron menos depósitos de proteínas ßA comparados con las personas inactivas que no lo poseían (Denise et al., 2012; Khadije et al., 2017; Schuit et al., 2001).

Los sujetos que realizaban menos de una hora de ejercicio al día y además eran portadores del APOEa4 presentaban un riesgo de 13,7 veces mayor respecto a los que hacían más de una hora de actividad física diaria (Schuit et al., 2001). En la revisión sistemática que realizó Schipper (2009) también se concluye que la ausencia o presencia del APOEa4 puede condicionar el efecto. Denise et al. (2012) vió que las personas no portadoras del APOEa4 que tienen un estilo de vida sedentario presentan mayor probabilidad de padecer la EA.

Recientes investigaciones apoyan esta idea (Khadije et al., 2017; Schultz et al., 2015). Sin embargo otros autores como Podewils et al. (2005) encuentran mayor efecto de la AF en aquellos individuos que no poseen el APOEa4. A pesar de ello, si que parece existir un consenso en que la AF es más eficaz en aquellos sujetos que son más activos y que además poseen dicho gen.

INCIDENCIA DE LA AF SOBRE LOS FACTORES DE RIESGO AMBIENTALES / CARDIOVASCULARES.

Según lo visto en los anteriores apartados, existen ciertos FR que pueden influir en la aparición de la EA. Como objetivo específico resulta importante conocer el efecto paliativo que tiene la AF sobre estos factores.
Es evidente que determinados elementos como la dieta (Coley et al., 2008; Daviglus et al., 2011; Reitz y Mayeux, 2014; Schipper, 2009; Zavaloni y Reekum, 2006), el consumo de alcohol (Daviglus et al., 2011; Schipper, 2009) o tabaco (Daviglus et al., 2011; Henderson, 2014; Reitz y Mayeux, 2014) no son modificables con la AF y deben paliarse con los hábitos del día a día.

Otros factores de riesgo muy determinantes de la EA, como la edad (>65 años) o el sexo (mujer) tampoco se pueden modificar. A pesar de ello Okonkwo et al. (2014) muestra un mayor efecto atenuante de la AF en aquellos participantes que presentan un mayor número de FR, incluidos entre ellos la edad y el sexo.

El objetivo de esta revisión no es describir cómo modificar a través de la AF factores de riesgo de la EA, como son el peso corporal y colesterol (MacPershon, 2017; Reitz y Mayeux, 2014; Zavaloni y Reekum, 2006), la diabetes tipo II (Daviglus et al., 2011; Henderson, 2014; Hickman et al., 2016 ; MacPershon, 2017; Patterson et al., 2008; Reitz y Mayeux, 2014; Schipper, 2009; Zavaloni y Reekum, 2006), o la hipertensión (Daviglus et al., 2011; Henderson, 2014; Hickman et al., 2016; Patterson et al., 2008; Reitz y Mayeux, 2014; Zavaloni y Reekum, 2006). Pero si que pretende conocer estos FR y su relación con la EA, para así ver la incidencia que tiene la AF sobre la prevención del alzhéimer a traves de la disminución de estos factores de riesgo.

Varios autores ven determinante el nivel de AF como factor protector de la enfermedad (Daviglus et al., 2011; Khadije et al., 2017; Reitz y Mayeux, 2014; Schipper, 2009) y son numerosos los que coinciden en que disminuyendo estos FR se reduce indirectamente la probabilidad de padecer la EA (Coley et al., 2008; Gillette-Guyonnet et al., 2008; Henderson, 2014; Hickman et al., 2016; Khadije et al., 2017; Mendiola et al., 2016; Patterson et al., 2008; Reitz y Mayeux, 2014; Schultz et al., 2015; Zavaloni y Reekum, 2006). Sin embargo, otros autores como Daviglus et al. (2011) defienden que existe insuficiente evidencia para asociar cualquier factor modificable con el riesgo del alzhéimer.

Donoso y Delgado (2008) citan en su estudio que “En afecciones degenerativas como la EA, la prevención primaria podría corresponder a un estilo de vida saludable” (p 289). Zavaloni y Reekum (2006) insisten en la importancia de concienciar a las personas con riesgo de padecer la EA, sobre estrategias preventivas y los factores de riesgo del alzhéimer que resultan altamente modificables.

Teniendo en cuenta el último objetivo específico planteado, en los siguientes puntos se pretende dar pautas específicas de ejercicio, que favorezcan la disminución del riesgo de sufrir la EA.

PAUTAS DE EJERCICIO PARA REDUCIR EL RIESGO DE LA ENFERMEDAD DE ALZHEIMER. 

INCIDENCIA DEL EJERCICIO AERÓBICO.

Una gran parte de artículos coinciden en que realizar ejercicio aeróbico de forma activa indica una disminución del riesgo de padecer alzhéimer (Boots et al., 2015; Denise et al., 2012; Fina et al.,2013; Khadije et al., 2017; Okonkwo et al., 2014; Savica y Petersen, 2011; Schuit et al., 2001). Sin embargo, Rolland et al. (2010) no está del todo conforme con el efecto del ejercicio aeróbico sobre la prevención del mal de Alzheimer.

Boots et al. (2015) llevaron a cabo un estudio longitudinal con 1500 participantes que fueron sometidos a una prueba en la cinta, donde se iba incrementando la velocidad un 2,5% cada 2 minutos hasta no poder continuar. Los resultados indicaban que los sujetos en mejor forma podrían tener un mayor factor protector sobre la estructura del cerebro y la función cognitiva, disminuyendo así el riesgo de padecer la EA.
En otro estudio llevado a cabo por Fina et al. (2013), se observó que la gente en baja forma presenta más probabilidades de tener dicha enfermedad, independientemente de que padezcan patologías cardiovasculares. Khadije et al. (2017) apoya la misma idea, y en su artículo señala la importancia de la AF, especialmente el ejercicio aeróbico, como factor protector de la EA.

Okonkwo et al. (2014) muestra que la gente que realiza 30 minutos de ejercicio moderado 5 días a la semana tiene menos probabilidad de padecer la EA, comparado con los inactivos. Gillette-Guyonnet et al. (2008) diseñaron un estudio similar. Durante tres años los sujetos tenían que realizar cinco sesiones a la semana de 30 minutos de actividad física. El ejercicio recomendado era caminar, pero los participantes podían elegir qué hacer siempre y cuando cumplieran el mínimo requerido. No llegaron a salir resultados concluyentes que apoyaran lo que decía Okonkwo et al. (2014).

La carga de 30 minutos de ejercicio moderado cinco días a la semana también es empleada por Denise et al. (2012) para dividir a los sujetos de su estudio en alta o baja forma. Esta investigación si corrobora lo que evaluó Okonkwo et al. (2014), apoyando que las personas que tienen un estilo de vida sedentario y no realizan al menos 30 minutos de ejercicio cinco días a la semana, presentan mayor probabilidad de padecer el alzhéimer.

Otros autores vieron que la realización de más de una hora de ejercicio aeróbico por día en edad más avanzada (65-84 años), puede reducir considerablemente el riesgo de deterioro cognitivo (Schuit et al., 2001). Tras realizar un cuestionario a todos los sujetos registrando la cantidad total de actividad en la última semana. El autor separó a los sujetos en tres grupos, los que realizaban ejercicio aeróbico menos de media hora al día, los que hacían entre 30 y 60 minutos diaria y los de más de una hora.

Las tareas realizadas fueron andar, montar en bicicleta, trabajar en el jardín o realizar otro ejercicio de similar sistema metabólico, reafirmando el rol importante del ejercicio aeróbico en la prevención del alzhéimer (Schuit et al., 2001). Los sujetos que realizaban menos de una hora de actividad aeróbica diaria mostraron el doble de riesgo de presentar dicho trastorno.

Como se ha visto el inicio del apartado, Rolland et al. (2010) no está del todo conforme. En la revisión sistemática que realizó si que confirma el papel importante que tiene el ejercicio, pero en la disminución del deterioro cognitivo. En su revisión ningún ECA demuestra que el ejercicio previene la demencia por lo que considera importante la realización de más investigación. Cierto es, que siete publicaciones del presente apartado de este TFG, las cuales si relacionan el ejercicio aeróbico con la prevención de la enfermedad de Alzheimer, son posteriores al 2010.

En la mayoría de los artículos aparece el mismo hándicap, ya que el tipo, frecuencia y duración específica de entrenamiento no está todavía muy claro, considerando que la actividad con mayor eficacia y los mecanismos exactos deben aclararse en estudios futuros.

INCIDENCIA DEL ENTRENAMIENTO DE FUERZA.

Hace 9 años, Boyle, Buchman, Wilson, Leurgans y Bennett (2009) encontraron relación entre la fuerza muscular y el riesgo de padecer alzhéimer. En su estudio analizaron 900 sujetos no portadores del APOEa4 y vieron que presentar mayor fuerza muscular (FM) se asocia con un menor riesgo de padecer alzhéimer.
Numerosos autores reafirman este análisis que relaciona la FM como factor preventivo de la EA (Gustafson, Rothenberg, Blennow, Steen y Skoog, 2003).

Además, en su estudio revela que esta asociación se da indistintamente de la masa muscular que se posea. Es decir, la FM está asociada a una disminución del riesgo de sufrir la EA independientemente de la cantidad de masa muscular. Esto sugiere, que de cara al entrenamiento de fuerza con el objetivo de prevenir el alzhéimer se priorice el entrenamiento destinado a la ganancia de fuerza sobre el destinado a la ganancia de masa muscular.

Respecto a ello, Buchman et al. (2005) vieron que las personas que reducían su índice de masa corporal en una unidad cada año disminuían el riesgo de padecer alzhéimer, como el IMC se ve afectado por más variables a parte de la masa muscular, este dato no es suficientemente relevante para rebatir a (Gustafson et al. (2003) y relacionar directamente la masa muscular con la disminución de probabilidad de sufrir la EA.
Tres años más tarde, Buchman et al. (2008) midieron la forma física de los sujetos del estudio valorando su IMC, fatiga, fuerza de prensión en dinamómetro hidráulico y el tiempo que tardaban en recorrer 2,5 metros. Tras obtener el resultado de las de las cuatro pruebas, se observó que los sujetos con una mayor debilidad física presentaban una probabilidad más elevada de padecer alzhéimer. Esto puede servir para apoyar los resultados de Boyle et al. (2009) y Gustafson et al. (2003) valorando el rol de la fuerza muscular en la prevención del alzhéimer.

Siguiendo con el mismo estudio se observa que Buchman et al. (2008) apreciaron que la fuerza en la prensión en el agarre era el componente que más relación guardaba con la probabilidad de padecer el alzhéimer. La publicación de Boyle et al. (2009) también encontró relación directa entre la fuerza en el agarre y la enfermedad de Alzheimer, mientras que la fuerza de la extremidad superior e inferior no fueron individualmente asociadas con esta.

Otras publicaciones también emplean la fuerza en el agarre como variable de medición y la relaciona con el deterioro cognitivo. Alfaro-Acha et al. (2006) realizó un estudio longitudinal en el que participaron personas a partir de 65 años. Concluye observando, que, durante los siete años posteriores al estudio, los sujetos que muestran una menor fuerza en el agarre presentan una disminución de la función cognitiva.

FUTURAS LÍNEAS DE INVESTIGACIÓN.

  • Tras realizar una revisión bibliográfica sistemática y actualizada se observa que la EA es multifactorial y causal. Se necesitan más detalles sobre la etiopatogenia de la enfermedad, para conocer con más profundidad el proceso y desarrollo y de esta forma poder realizar un plan de prevención y tratamiento efectivo.
  • Parece necesario profundizar sobre los FR de este mal de Alzheimer. Aunque multitud de autores coinciden en la importancia de la disminución de los factores de riesgo como prevención del alzhéimer hay otros que defienden una insuficiente evidencia para asociar cualquier factor modificable con el riesgo de la enfermedad.
  • ¿Es la prevención la mejor manera de ralentizar, frenar o revertir el alzhéimer? La comunidad investigadora necesita considerar la importancia de estudios sobre la prevención para ofrecer una mayor probabilidad de evadir a las personas de sufrir dicha afección.
  • Es evidente que la prevención de cualquier enfermedad crónica siempre es más económica que el tratamiento. Los costes que supone dicho trastorno deberían ser suficiente para destinar el dinero en estudios de investigación sobre etiopatogenia y disminución de factores de riesgo de la enfermedad.
  • Se requiere desarrollar más estudios longitudinales y construir una estrategia de prevención usando todos los factores protectores. La mayoría de las publicaciones son ensayos controlados aleatorios y estos no pueden establecer causalidad, por lo que más estudios longitudinales serán necesarios para determinar si la realización de ejercicio físico previene el desarrollo de la EA.

CONCLUSIONES.

  • Los principales factores de riesgo de la EA pueden ser genéticos o ambientales/cardiovasculares.
  • El APOEa4 es considerado el factor de riesgo genético más importante, por ser el precursor y acelerador de la acumulación de la proteína beta amiloidea (ßA) en el cerebro. Numerosos artículos coinciden en que realizar AF de forma activa reduce la acumulación de esta, pareciendo tener un mayor efecto en los sujetos que son portadores del APOEa4.
  • Otro factor que parece estar asociado al alzhéimer es la fosforilación anormal del tau o el gen FNDC, relacionados con la formación de ovillos neurofibrilares, que son los ligados a la disfunción de las neuronas causantes de la EA. En la metodología de búsqueda realizada no se ha encontrado suficiente evidencia de que la AF tenga efecto directo sobre este FR.
  • La dieta, el peso corporal, colesterol, padecer diabetes tipo II, el nivel de actividad física, tener hipertensión, la actividad cognitiva, padecer enfermedad cerebrovascular, el consumo de alcohol o tabaco son los principales FR ambientales / cardiovasculares de la EA. Algunos de estos factores son hábitos modificables y se pueden paliar con la AF, resaltando aún más la importancia de esta sobre la prevención del alzhéimer. Aunque hay otros autores que defienden una insuficiente evidencia para asociar cualquier factor modificable con el riesgo de la enfermedad de Alzheimer.
  • Queda elaborar investigaciones que detallen el tipo, duración y frecuencia, para así, poder determinar modelos más específicas de ejercicio aeróbico a pacientes potenciales del alzhéimer.
  • El ejercicio de fuerza también se ha visto beneficioso para reducir el riesgo de la EA. Al igual que con el ejercicio aeróbico, todavía queda definir el tipo, duración y frecuencia de entrenamiento, aunque se ha observado que puede ser más beneficioso aquel que va orientado a la mejora de fuerza muscular sobre el destinado a la ganancia de masa muscular.
  • La comunidad científica continúa con la necesidad de seguir desarrollando investigaciones destinadas a entender la etiopatogenia, factores de riesgo y mecanismos de prevención del alzhéimer. Invertir dinero a largo plazo para mejorar la metodología en la investigación y desarrollar estudios longitudinales y estrategias de prevención de la enfermedad a nivel mundial.

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